Para mucha gente, el día de su boda es el más importante de sus vidas. Así lo era para la mujer que aparece en la historia, pero hay algo que le impide disfrutar verdaderamente de su día especial. Echen un vistazo a esta historia original de ficción sobre el amor y la familia para ver cómo se desenvuelve su día.

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Simplemente, había algo que no andaba bien aquél día. Tenía el vestido de boda que había tomado tantísimo tiempo arreglar para que le sentara perfectamente. Tenía el precioso ramo de lirios que hacía juego con el de las tres damas de honor que le acompañarían en el altar. Su prometido y sus padrinos llevaban corbatas blancas a juego para terminar el conjunto. Aún así, había algo que no estaba bien. 

Se sentó en el cuarto para los huéspedes en la parte trasera de la iglesia con sus chicas y repasaron cada detalle de cómo se veía mientras esperaban su turno para hacer la entrada.

Cuando echó un vistazo al reloj encima de la puerta, no pudo evitar pensar en lo rápido que se movía el tiempo. El momento casi había llegado, pero no estaba segura de que todo estuviera siendo tan perfecto como había planeado. Habían estado organizando la boda durante un año. La empresa de catering tenía que ser la perfecta; el florista sólo pudo ser el mejor de la zona; incluso el DJ lo tuvieron que reservar con un año de antelación. 

Se perdió en sus pensamientos y, antes de que pudiera darse cuenta, había llegado el momento. Su coordinador de bodas apareció y les dijo que ya era el momento de tomar su lugar en la ceremonia. Ella sería la última, desde luego. Tenía que hacer su gran entrada al ritmo de la marcha nupcial.

Todos salieron y la dejaron sola unos segundos para que se preparara, y entonces ella se olvidó de sus dudas y sacó la sonrisa que ella sabía que tenía escondida por algún sitio.  

Era el momento, estaba preparada, y esto era exactamente lo que había querido. Muy dentro, ella sabía que lo era. 

Oyó que por fin le daban la entrada y se acercó a la puerta de la iglesia. Las puertas aún estaban cerradas para crear misterio hasta el último momento en que ella haría su gran entrada. Se quedó allí de pie, sola. Su padre, que había muerto años antes, no la acompañaría hasta el altar, y si la persona que ella querría que la acompañara en lugar de su padre no estaba allí, prefería hacerlo sola.  

Cuando por fin llegó el momento, apareció con una verdadera sonrisa y sólo una pequeña duda dentro. El altar cada vez estaba más cerca y su tristeza cada vez más olvidada. 

El cura comenzó la ceremonia. Estaba mirando a los ojos de su prometido cuando oyó que alguien se oponía a la boda.

Su sorpresa inicial pronto desapareció cuando, al reconocer quién había sido, por fin la primera verdadera sonrisa del día iluminó su cara. Conocía perfectamente la cara que vería cuando se girase hacia la puerta de la iglesia, pero su mente le seguía diciendo que no podía ser verdad. Su prometido le sonrió, instándola a que mirara, así que lo hizo. 

Allí, a las puertas que acababa de atravesar sólo hacía unos instantes, estaba su hermano. Su hermano mayor que, en ese mismo momento, se suponía estaba en el ejército, sirviendo en una misión en otro país. Le había pedido una y otra vez que viniera a la boda, pero él insistía en que nunca se lo permitirían. No podían darle tiempo libre, le dijo una y otra vez. La última vez que habían hablado fue la noche anterior, cuando él le aseguro que todo sería perfecto en su boda. Él lo había sabido desde el principio y ella nunca debió haber dudado de él. 

La única persona que ella había querido tener a su lado mientras se entregaba al hombre de sus sueños era su hermano mayor, y por fin estaba allí. El hombre que había sido como un padre para ella desde que su padre había fallecido. 

Ya había empezado a correr hacia la puerta cuando él dijo su nombre con los ojos llenos de lágrimas.

Voló hasta sus brazos, y no pudo evitar que las lágrimas hicieran correr el maquillaje por sus mejillas. 

Se limpió las lágrimas y el maquillaje manchó sus blancos guantes: "¿Te dije que todo sería perfecto o no? Desde cuando piensas que soy un mentiroso?".

Se le escapó un extraño hipo con la risa según le sonreía. Rápidamente, tomó su brazo y dejó que él la condujera hacia el altar incluso antes de que el organista hubiera tenido tiempo de empezar de nuevo la marcha nupcial. Estaba demasiado ansiosa por continuar con lo que sería el día más maravilloso de su vida. 

Él entregó su brazo al que pronto sería su marido y la ceremonia se retomó en donde la conmoción la había parado. Con todo el corazón y una verdadera sonrisa, volvió a ponerse al lado de su novio, preparada para terminar la ceremonia con su hermano viéndola desde la primera fila.